martes, 25 de agosto de 2009

El incendiado

Rivera, Iris. El Cazador de incendios. Buenos Aires: Edelvives, 2009.
Ilustraciones de María Wernicke.

Que el odio y el amor son vecinos es algo sabido; incluso puede decirse que comparten el jardín. En este libro, Iris Rivera y María Wernicke nos hablan –cada una a su manera: dos modos maravillosos de narrar– del hilván que los une, de la fragilidad de ese hilván que a veces parece tan nítido que se vuelve invisible.
Hay fuegos de guerra, fogonazos de atentados terroristas, cigarrillos mal apagados, bosques envueltos por las llamas. Ante la violencia del fuego, el Cazador de incendios se aparece como una magia para reponer la calma y dejar apenas humo y cenizas.

Está el verbo y también el objeto, lo incendiado que experimenta el ardor debajo de los infernales brazos del fuego. Pero el relato no se contenta con estas dos instancias y es ahí donde aparece el nudo de la cuestión, la lógica del perseguidor-perseguido. Porque también está el sujeto. El apagador de incendios se incendia. Qué otra cosa se podía esperar del fuego, este elemento tan noble, sino la brillante jugada de invertir posiciones.

Porque más allá de su familiarización con todo lo relativo al fuego, el Cazador de incendios sabía poco y nada de cómo encender. Él apagaba. No iniciaba: interrumpía. Y tenía todo controlado.
Hasta que saltó una chispita justo contra su pecho. De nada sirvieron las cajas, cajitas y cajones. Esta vez, la Cazador de incendios fracasó: fue cazado, sorprendido, chamuscado, encandilado por el fuego de montones de cañitas voladoras. Cañitas que “estallaron en ciento treinta y seis colores diferentes y uno repetido”.
Y, por fortuna, el desincendiador incendiado tuvo el valor de no traicionar lo suyo y quedarse ardiendo, inextinguido, en el centro rojo-fuego del romance.