martes, 1 de diciembre de 2009

Un amor que deja ladrillos rotos

Siemens, Sandra. La muralla. Buenos Aires: Ediciones SM, 2009.
Ilustraciones de Claudia Legnazzi.
Premio El Barco de Vapor 2009.

El libro de Sandra Siemens está invadido por los ecos del adentro, por las construcciones de los que ostentan el poder –ostentan, lucen y deslucen la palabra que significa y da forma cuando nombra–, está invadido por una muralla que no cesa de extenderse en ladrillos intransigentes.

Están ellos, los muchos reyes de adentro que tienen miedo, y están los otros. Los otros en bastardilla (¿los bastardos?).

Esos otros: los que practican creencias religiosas diferentes a la que practica la realeza (vaya a saber uno cuál será), los que tienen la piel no tan pálida como la de los reyes y los que piensan cualquier otra cosa que no sea la pensada por aquellos que elevan y elevan el muro divisorio.
Confieso que en un primer momento creí que estos otros eran similares a los de la serie estadounidense Lost, seres animados que se presentan en forma de acciones, que actúan en las sombras y no dejan de ser enemigos aún cuando se los conoce.

Pero no. En la historia de Siemens hay algo que consigue derribar los muros y reinaugurar el lugar común.
Sí: el amor.

Nueve reyes pasaron, dejando mentiras y miedos para la posteridad. Pero ni bien conoce a Veridiana, el llorón rey Froilán se enamora y, a partir de ese acercamiento la idea que desde hacía siglos se tenía en el palacio acerca de los habitantes del afuera se modifica. No era más que una ficción construida como una muralla, ladrillo por ladrillo a través de los años y los reyes. Ni rojos, ni gigantes, ni de uñas filosas, ni crueles, ni amarillos, ni incendiarios ni roedores de corazones. Los otros eran iguales, o distintos… pero eso ahora está bien porque hay un amor que no ciega.

Visualmente, La muralla es impecable.
Claudia Legnazzi aplica una creatividad asombrosa a cada trabajo que realiza. Melodramáticas, afelpadas y narradoras, sus ilustraciones poseen la sensatez de aquello que está en el lugar propicio y en el momento justo.

[Tengo una crítica. Y es la siguiente: en el inicio del libro hay un árbol genealógico que funciona como una guía de los familiares de Froilán que reinaron y aportaron elementos para definir a los otros. Miro ese árbol y no puedo dejar de preguntarme: ¿dónde quedaron las mujeres, esas otras? ¿Será que los reyes nacen de repollos o, peor aún, que son solo hijos de los masculinos? La única mujer que figura en el árbol –y está mal ubicada– es Miraviglia, aquella que es tía y cuyo rol en la historia es el de celestina.]