domingo, 13 de septiembre de 2009

Un viento en común que nos va diciendo la tristeza

Bodoc, Liliana. Amigos por el viento. Buenos Aires: Alfaguara, 2008.
Ilustraciones de José Sanabria.

Amigos por el viento es un libro que reúne siete cuentos. El primero, del cual el libro toma prestado el título, está narrado por una adolescente cuyo padre un día se fue de la casa –el día en que nació el viento–, abandonando a su esposa y a su hija.
“A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa.”, empieza diciendo la narradora con un estilo muy íntimo que no abandona en ningún momento. ¿De qué está hecho el viento? De movimiento puro, de vaivenes, de la misma dinámica de la que está hecha la vida. Y este viento genera caos y plantea una nueva disposición, reorganiza. Un viento que es susurro confuso: permanece en el umbral de ser palabra articulada sin animarse a avanzar; materia que no forma sistema. Incluso el viento del que habla la narradora tiene una presencia capaz de hacer peligrar aquello que tiene raíces: la tradición, la familia, lo que generalmente un chico cree eterno e inamovible. Los ojos se ensucian y ya no pueden frecuentar la lectura, al menos no la misma porque el aire se nubló de un viento desorganizador.

La delimitación espacial entre el interior y el exterior es tajante. En esta estructura, los dos espacios funcionan como opuestos en continuo contacto y en esta dialéctica reside el problema. En el cuento de Bodoc la quietud del ordenamiento no encuentra un lugar cómodo para funcionar, y por eso constantemente se escapa; parece impracticable cualquier alternativa distinta: si hay oposición, hay caos y conflicto. Y esta situación parece atravesar todos los campos de la vida. El orden es, entonces, un espejismo que tarde o temprano se astilla, y cuando esto ocurre aparece la angustia de estar frente a la nada.

Lo que llega desde afuera –el viento, el padre vuelto ausencia, el novio de la madre, el hijo del novio de la madre– se filtra de manera negativa, se interioriza, altera y desordena. Los eventos en el cuento pasan “adentro y adentro” (adentro de la casa y en la interioridad de la narradora), y todo lo exterior se convierte en una amenaza. En el final del relato, la narradora intenta perturbar al hijo del novio de su madre, Juanjo, con preguntas dolorosas: su estrategia es colocar la flecha justo en el centro de esa otra interioridad. El adentro del afuera. Así, los límites que sus preguntas traspasan son dos: de su interior al exterior y desde allí al interior de Juanjo. Y la respuesta proviene del blanco donde la flecha fue a clavarse: el chico le habla del mismo viento, ese que se metió por la ventana cuando su madre murió. Y lo más llamativo es que en su discurso se repiten con exactitud las palabras con las que la narradora abre el texto. Parece ser que los ojos se aclaran, que la lectura va siendo posible. Mediante este movimiento, los interiores se encuentran y surge una nueva instancia cercana a la conciliación.
Porque, como alguna vez escribió Idea Vilariño, una cosa es estar solo en soledad y otra muy distinta es estar solo en compañía: “Uno siempre está solo/ pero/ a veces/ está más solo.”
El viento de Bodoc se convierte en un viento a los dos les da frío y que, por ser compartido, se hace tan tibio y significativo que es imposible no abrir la ventana y dejarlo entrar, dejarlo empezar a ser un lenguaje para nombrar la pérdida, el miedo y la tristeza.

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