martes, 12 de abril de 2011

La Maga Inés o la voluntad literaria de dejar de ser nada

por Luciana Murzi.

Pérez Sabbi, Mercedes. La Maga Inés. Buenos Aires: Crecer Creando, 2011.
Ilustraciones de Marcela Areso.

Alegría de leer el nuevo libro de Mercedes Pérez Sabbi, una de mis autoras preferidas. La Maga Inés, con esa nariz de payasa y esos ojos de cacerola, rápidamente compra al lector, acercándole la idea de que todo es posible.
Quiero señalar tres puntos clave –tres ejes estructurales– de este libro: la noción de la nada dentro del campo literario, el trabajo de superposición de metaficciones y la intersección de espacios que parecían transcurrir en paralelo.

Hay libros que no se están leyendo. Entre ellos, la historia de la Maga Inés. Ella, así sin ser leída, se imagina a sí misma en el estado de NADA, comiendo nada, tomando nada, siendo familiar de nada, e imagina (o no imagina, mejor dicho) nada. Hasta Juliana, su antigua lectora, se ríe de esa nada. La pobre Inés asocia la nada con su triste situación de abandono de lectores, y la nada se convierte en materia, en texto incompleto, en una incógnita.
Una nada entendida desde lo negativo, puramente en el vacío y sin ninguna espesura, porque es la literatura sin el sentido dado por el lector. La nada que da miedo porque, justamente, representa el encuentro de uno con el vaciamiento del mundo. Ese estado de ser nada por no ser leída resulta abismal para la Maga Inés, ya que ella quiere ser y hacer ALGO. De esa nada derivan la ausencia, la inacción y el sentido fijo; y como bien lo dice el Manual de frases especiales: “El que nunca se equivoca es porque NADA hace”. Entonces la maga se ajusta su varita mágica y sale al mundo para ser, muy dispuesta a revertir la situación de una literatura sin lectores.

Sale de su libro, se mete en otros, pasea por la habitación de Juliana, vuelve a la biblioteca. Inés va de acá para allá, sigilosamente y no tanto, viendo cómo hacer para volverse visible. El encuentro frente a frente de Inés con Juliana transforma el panorama que se venía narrando y hace que ficción y metaficción no sucedan en dos planos paralelos, sino que interactúen. En ese punto de la historia, la realidad de la historia (el mundo de Juliana) se mezcla con la literatura (el mundo de Inés) y es allí donde ocurre lo maravilloso porque el único espacio de verosimilitud se quiebra. Sin embargo, la superposición de espacios ficticios no se detiene ahí. El plano onírico se asoma como otra mamushka. En los sueños de Juliana, Inés vuelve a desplegar su magia voladora y efectiviza su poder de convencimiento. Sueño-realidad, el sueño como extensión de una vigilia imposible en sí misma.

Los libros de Mercedes Pérez Sabbi suelen unir mundos. Se me vienen a la mente los fantasmas tangueros de Mayonesa y bandoneón y el alcalde que cae como un balde de agua fría, un agua de otra parte, en el pueblo de Pachurrucutu en Nos vamos, nomás, nos vamos. Acá también. Y no solo el mundo de adentro de los libros con el mundo del lector o el mundo del estar despierto con el del estar soñando, sino además el mundo de los chicos más grandes y el de los chicos más chicos. ¿El puente? Sí, otra vez la Maga Inés, que también podría pensarse como la literatura.
Síntoma del crecimiento: el deseo de desvincularse de todo lo que representa el espacio de la infancia que se va dejando, de lo ya vivido. Hay que despegarse para ser más grande, adquirir nuevos hábitos y nuevos gustos. Eso le pasa a Juliana.
Con la Maga Inés y con su hermanito, Mateo. Pero la magia es poderosa. Y en este libro la magia viene de la mano de la literatura: Juliana, Mateo e Inés se vuelven cómplices de la lectura. Cómplices para leer y para contar una historia, que aunque sea la misma nunca es igual.