domingo, 30 de mayo de 2010

Y, por fin, las bombitas del Carnaval se encendieron

por Luciana Murzi

Cinetto, Liliana. El tesoro del último dragón. Sigmar: Buenos Aires, 2009.
Segundo Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2009.


Imprevistamente, la calma del barrio de Boedo es interrumpida por un dragón. En el mundo real –verosímil dentro del relato– se introduce un objeto extraño, un elemento del orden de lo fantástico. Personaje imaginario de cuentos en un contexto que el lector reconoce como propio. Y el otro llega y se queda, irrumpe en el domingo de los vecinos y se acomoda en la calle para dormir. La preocupación es grande: el elemento de naturaleza distinta evidentemente desordena la estructura de lo cotidiano y esperable.


¿Qué trasciende en el relato? ¿Las formas de lo fantástico o las de lo real? En este sentido, el pronóstico de la muerte del dragón ocupa un espacio fundamental en la construcción de la historia: es el último de su especie, el mundo imaginario que el dragón introduce está a punto de dejar de ser. Queda el mundo real sucediendo en el tiempo actual. ¿Cuál es, entonces, la zona fantástica que debe ser recuperada en el texto? Para los vecinos de Boedo, la aparición del dragón –la función de lo imaginario– implica revisar recuerdos y deseos; ampliar el pasado –volver a significarlo– y dotar al presente de festejos nuevos, de disfraces coloridos, de músicas en movimiento. Jaqueline Held, refiriéndose a la dialéctica de lo real y lo imaginario, dirá: “En cierto modo, y a pesar de todo, segrego mi propia realidad. Por eso, mi realidad es fantástica, del mismo modo que mi sentido de lo fantástico es real”. Fantásticamente real, el dragón se modifica apenas se asoma a Boedo y a la mirada de sus habitantes. A partir de ese umbral, hay luces nuevas para iluminar la misma habitación.

Recuperar la tradición del Carnaval (claramente suspendida por a la dictadura militar y nunca retomada) es recuperar también los lazos de comunidad entre los vecinos y dejar atrás el miedo y sus escondites. Porque el Carnaval es, a fin de cuentas, ese “tesoro más simple que sólo aquel último dragón fue capaz de vislumbrar”.

El dragón de Cinetto es una forma de mencionar la idea de paraíso y la esperanza de esa búsqueda.
Un dragón que lanza chispas coloridas al aire, un dragón de "alas preciosas que parecían de encaje, bordadas con lentejuelas", un dragón-símbolo cuyo nombre es casi idéntido al del Carnaval.

Gracias a Florencia Converso por habernos acercado el libro.
Y a Liliana por la buena onda.