miércoles, 22 de enero de 2014

La clave de la infelicidad

Thays, Iván. El orden de las cosas. Buenos Aires: Alfaguara, 2012.

Muchas cosas ocurren durante la adolescencia, cosas que marcan y moldean formas de ser. Y también muchas cosas pasan después. Si bien este libro se detiene en el relato de varias adolescencias puestas en relación, en realidad se centra en la continuidad entre esas cosas de antes y esas otras cosas de después, y también en la definición de su orden.
El gran hallazgo de El orden de las cosas es un estilo de habla. Iván Thays despliega en esta novela juvenil una voz perfectamente delineada en lo íntimo para narrar un recorrido de existencia, un camino de vida que necesita multiplicar negaciones para, finalmente, convertirse en afirmación. Afirmación que, aunque sea borrosa y de limitada exploración, es un oasis para la incertidumbre y el deambular de estar siendo alguien que no se quiere ser.
El protagonista vuelve. En el inicio del relato descubrimos el final (el presente) de la historia privada del protagonista, un final (un presente) que realza la importancia de las uniones originadas en el cariño. La extensión de los aciertos y de los errores, del azar y del resultado de las decisiones tomadas, de la práctica de una ética. El protagonista, dijimos, vuelve. Y aunque vuelve a un lugar y se encuentra con gente, vuelve con mucha más fuerza al reencuentro de las sensaciones de un pasado que creía lejano. La mayor parte de las páginas del libro es el recuerdo detallado de su adolescencia: su mejor amigo, su primera novia, sus alegrías, sus miedos, sus torpezas, sus buenas y malas decisiones. La menor parte de las páginas es una visión posterior, adulta, de las expectativas de aquellos momentos, de lo que sí y lo que no se concretó de esas expectativas y del boceto de unas nuevas, propias de la adultez.
Siguiendo el título del libro, ¿existe, finalmente, un orden de las cosas? En el transcurso que va desde el relato del pasado hasta el estado presente, la idea que el protagonista tiene acerca del orden de las cosas sufre una profunda modificación.
Ante la pregunta de su amigo Sebastián acerca de si cree que todas las cosas en el mundo tienen un orden, el protagonista responde: “No, las cosas pueden ser a veces distintas, todo puede ser de otro modo. Es imposible saber cómo van a ser las cosas hasta que suceden”. Sebastián tristemente acota: “A veces quisiera creer que es como tú dices. Pero no, en realidad todo sucede porque tiene que suceder. Hay un orden estricto en las cosas y nadie, nunca, escucha bien, nunca, lo podrá modificar”. Pero más allá de esta visión esperanzada del protagonista, según sus acciones adolescentes el esquema moral de la sociedad parece ser inalterable: uno deber ser, pensar, sentir y reaccionar como los otros esperan que sea, piense, sienta y reaccione. Los otros, menos Sebastián, para quien el orden es conceptualmente otro. Él decide desacomodar ese esquema moral, ordenar las cosas a su manera, enfrentarse y alterar los condicionamientos sociales. Porque para Sebastián el orden de las cosas está definido por las convicciones que cada uno tiene. El protagonista tarda veinte años en entender que su amigo no se refería al orden impuesto por la sociedad o el azar, sino a órdenes alternativos, a órdenes personales de cada uno. Veinte años de intentar acomodar sus deseos a lo que se debe hacer, de transitar un orden ajeno en el que todo es proclive a la mutación, al hacer y deshacer, a la configuración de una felicidad que es siempre inalcanzable.
¿Podrá el protagonista elegir finalmente un orden propio para su vida, construido de la percepción de su voluntad, sus emociones y sus convicciones? ¿Podrá hacer un zigzag para ser feliz como lo fue Sebastián? El final de la novela ampara esa esperanza. Pero nunca se sabe.